domingo, 5 de julio de 2020 | By: Famara González Díaz

No corras, te alcanzo.

  Vuelve. Tu cuerpo comienza a tensarse, el pulso se acelera y todo a tu alrededor se hace pequeño y oscuro. Todo deja de tener sentido, la soledad te abraza y la sonrisa que tuviste en algún momento del día ahora es un mar de lágrimas. 

  Te cuestionas el porqué de la situación, ya que hace unos minutos estabas bien y ahora la ansiedad te supera, hasta que te cansas de buscar respuestas y te acurrucas en un rincón. Las lágrimas no dejan de brotar... lloras porque te sientes diferente, queriendo ser normal o por querer tener s alguien que te entienda, que solo escuche y no dé consejos como si tuviese la fórmula. 

  La ansiedad te sigue ahogando. Lloras con más fuerzas y gritas en silencio, con rabia hasta que te duele la garganta. Los recuerdos se agolpan en tu cabeza, sabiendo que ahora estás débil y que el odio sacará a luz tus peores momentos vividos. Los odias a todos, a todo pero sobre todo a ti misma. Porque en la vida has sido una guerrera, pero en momentos de soledad te sientes frágil. Has podido con todos y contra todos, pero te ves incapaz de luchar contra los demonios que has formado en tu cabeza. 

  Nada te llena. Ya no te quedan lágrimas, pero desde mucho antes tú ya te sentías vacía. Hace tiempo que no sientes la ilusión y tampoco tienes nada que te haga levantar de la cama con motivación. Te lo repites una y otra vez, hasta que te sientes pequeña.

  Entonces llega el silencio. Solo notas el peso de tu cuerpo acurrucado en el mismo rincón. La ansiedad empieza a retirarse, sabiendo que ya cumplió su cometido. Te robó el sueño y otro día más te susurró al oído que estás rota por dentro. 


  Esta sensación la tiene millones de personas en el Mundo día a día. Yo la llamo: El monstruo debajo de mi cama. El resto, Depresión.